Desde pequeños nos enseñan que todo lo que hagamos debe servir para algo. Si vas a estudiar, que te sirva para conseguir un trabajo; si trabajas, que sirva para ganar dinero; si ayudas, que sirva para cambiar algo.
Y así, poco a poco, creemos que el esfuerzo trae resultados, y nos obsesionamos con ellos. Así crecemos, creyendo que la vida es una especie de ecuación donde, si damos y servimos más, nos merecemos más.
Pero la vida no siempre funciona así.
No digo que esforzarse esté mal; al contrario, el esfuerzo es valioso. Pero cuando el ego se adueña de él, creemos que tenemos derecho a exigir resultados.
Entonces olvidamos que no todo lo que hacemos tiene que producir algo visible; algunas cosas simplemente tienen que ofrecerse. Hay esfuerzos que no buscan recompensa, sino esperanza.
La RAE dice que servir es “ser útil o cumplir una función”.
Pero aquí odiamos la RAE, porque servir no debería reducirse a utilidad ni a función.
Servir no es ser aprovechable; servir es entregarse desde la presencia. Es decir, no es perderse a uno mismo, sino entregarte a lo que te hace sentir vivo.
La mayoría del tiempo, sin darnos cuenta, le servimos a algo: al dinero, a la productividad, a la aprobación. Le servimos al dios del rendimiento, al de la prisa o al de la imagen. Y sí, esa vida sirve para obtener medios, pero sin un fin te vacía.
El servicio que vale la pena no nace del deber, sino de la capacidad de asombro. De mirar la vida y cuestionarse: ¿esto merece mi amor, mi energía?
Es poner tu esfuerzo al servicio de algo más grande que tú: algo que no se puede poseer, pero que sostiene.
Yo entendí eso el día que dejé de pensar en hacer algo por los demás y empecé a dejarme tocar por lo que los demás hacían en mí. Servir no siempre es resolver; a veces, es escuchar, acompañar o simplemente no huir.
Vivir una vida en servicio no se trata de ser útil, sino de ser tú, de ser real.
Porque al final, o le servimos a la productividad, o le servimos a la vida.
Y aunque la vida no siempre premie, siempre transforma.
Alexius Wild.

