En una sociedad que avanza hacia la inclusión, todavía existen muchas barreras invisibles que impiden que todas las personas vivamos con las mismas oportunidades. Entre ellas, las juventudes sordas siguen enfrentando desafíos que van más allá de la falta de audición: la falta de acceso a la comunicación, la escasa representación en espacios de decisión y la poca comprensión de lo que significa realmente vivir y participar en una comunidad siendo sordo.
Ser joven y sordo no debería ser sinónimo de aislamiento. Sin embargo, muchas veces los entornos educativos, laborales y sociales no están preparados para garantizar la accesibilidad que necesitamos. En escuelas y universidades, por ejemplo, no siempre se cuenta con intérpretes de Lengua de Señas Mexicana (LSM) o materiales adaptados; en redes sociales y eventos culturales, el contenido no siempre incluye subtítulos o interpretación. Esto limita no solo la comunicación, sino también el derecho a aprender, expresarse y participar plenamente.
La Lengua de Señas Mexicana es una lengua completa, rica y con identidad propia. No es una herramienta “de apoyo”, sino la base de la cultura sorda. Reconocerla y promover su enseñanza es reconocer el derecho de la comunidad sorda a comunicarse, a comprender el mundo y a ser comprendida. La accesibilidad no es un favor, es un derecho. Y la inclusión no se trata solo de estar presentes, sino de poder participar con igualdad y dignidad.
Las juventudes sordas también tienen sueños, deseos de estudiar, trabajar y querer aportar a la sociedad. Son parte de este país diverso que se fortalece cuando escucha todas las voces, incluso las que se expresan con las manos. Necesitamos espacios donde se valore su lengua, donde se les consulte al tomar decisiones sobre temas que les afectan y donde se les reconozca como agentes activos del cambio.
Cuando se les brindan las condiciones adecuadas, demuestran lo mucho que pueden lograr: jóvenes sordos que son artistas, deportistas, intérpretes, docentes y líderes comunitarios. Cada uno de ellos rompe estereotipos y abre camino a nuevas generaciones. Pero no se trata de casos “extraordinarios”, sino de ejemplos que muestran lo que ocurre cuando se respetan los derechos humanos y se eliminan las barreras.
La inclusión comienza cuando dejamos de ver la sordera como una limitación y la entendemos como una forma diferente de percibir el mundo. Las personas sordas tienen derecho a una educación de calidad, al acceso a la información, al trabajo digno, a la participación política, a la cultura, al arte y al ocio. Tienen los mismos derechos que los demás, pero existen cuatro factores básicos adicionales para la protección de sus derechos humanos: la lengua de señas, una educación bilingüe, verdadera accesibilidad e interpretación (WFD, 2014).
Reconocer estos derechos implica también un compromiso de toda la sociedad: de las escuelas que deben abrir sus puertas a la LSM, de los medios que deben garantizar accesibilidad y de las instituciones que deben incluirlos en sus políticas públicas. Las juventudes sordas no piden privilegios, piden igualdad.
Porque la inclusión no se logra con discursos, sino con acciones concretas: con intérpretes en los eventos, con videos subtitulados, con talleres de lengua de señas para oyentes y con oportunidades reales para que todos podamos participar.
Las juventudes sordas también tienen derechos. Y cuando esos derechos se respetan, no solo ganan ellos: gana toda la sociedad, que se enriquece con nuevas formas de ver, de sentir y de comunicarse. La verdadera inclusión se construye con las manos, pero también con el corazón.
Sharim Benazir Arvizu León

