Comparte

En un mundo que exige tanto, productividad, perfección, reconocimiento, a veces
olvidamos que la verdadera huella no se deja con grandes gestos, sino con
pequeños actos llenos de amor. Cuando empezamos a hacer lo cotidiano con
amor, florecemos interiormente y, sin darnos cuenta, contagiamos esa luz a
quienes nos rodean. Ahí comienza el verdadero impacto.
Para comenzar y caminar con propósito, es importante tener claro en el corazón
tres preguntas esenciales: ¿De dónde vengo? ¿Quién soy? y ¿A dónde voy?
Las respuestas, aunque parecen complejas, son simples: vengo de Dios, soy hija
de Dios y voy hacia Dios.
Desde este reconocimiento se define mi forma de actuar, de mirar al otro y de
responder al mundo. Si soy hija de Dios, mis hermanos también lo son, y eso me
invita a amar como Él me ama.
Una vez que reconozco mi origen y mi destino, puedo comenzar a actuar para
generar un impacto positivo, pero ¿Por dónde empezar?
Podríamos pensar que para transformar el mundo se necesitan grandes
proyectos o recursos, pero en realidad todo comienza en lo pequeño, en lo
cotidiano. Podemos igualmente pensar que el impacto depende del lugar donde
nacemos, de nuestras circunstancias o del apoyo que tenemos, sin embargo, esto
se encuentra únicamente en manos de un factor: el amor con el que hacemos
cada cosa.
Este amor se puede desglosar en diversas acciones, primeramente, la oración
continua. Esta (la oración), consciente y de corazón, es la brújula que nos indica
por dónde ir, qué hacer y cómo hacerlo. Cuando oramos, abrimos el corazón al
amor de Dios, y es ese amor el que da sentido a nuestras acciones más sencillas.
El amor debe ser incondicional e ilimitado. No podemos amar solo a quienes nos
aman, ni dosificar el amor según la conveniencia. Amar es darlo todo, pues es la
mejor herramienta para transformar vidas.

tzel Guerrero Ramírez

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *