Comparte

Tengo un problema, no sé dónde es casa. Un día me fui, hace 5 años, llevaba la maleta cargada; en ella había lo necesario y en el corazón, esperanza.  La esperanza de ir, de conocer, de amar y de renovar la mirada. ¡Qué poco sabía aquella maleta del camino en el que se aventuraba! 

Desde aquella primera vez que cargué mi equipaje mi vida se ha traducido en momentos de mudanza; empacar, desempacar, saludar y marchar, la vida se me ha jugado en una especie de encuentros fugaces, que sin importar la intensidad, el tiempo o la frecuencia, han sido encuentros capaces de habitarme y desbordarme por completo, la vida entonces, ha sido lo que se ha jugado entre aprender a llegar, dejarme llevar y saberme marchar.

Soy consciente de que no elegí una ruta sin retorno, conozco perfectamente el trayecto de vuelta y sé que siempre puedo regresar a donde aprendí a amar, sin embargo, he de confesar que me encuentro perdida, porque si de ir a casa se tratara no sabría a dónde regresar; han sido tantas miradas, noches de risas, abrazos intercambiados, lágrimas contenidas y amistades tan intensas que creo más bien he dejado el corazón en distintas paradas, me atrevo a decir que una central de autobuses es lo más cercano a conectar todas mis casas.

Y heme aquí, con el corazón dividido, con el amor derrochado, con la maleta cada vez más cargada de elementos que responden más bien a una vida entregada que a la materia acumulada. Sé que he caminado y he elegido, que he conocido y que he sentido, que he soñado y que he construído, pero también sé, que constantemente me pregunto por el sentido. 

Entre querer vivir y estar viviendo, vivo atrapada en los tiempos de la incertidumbre, en los que quiero amar pero no sé cómo, quiero estar, pero no sé dónde, quiero ser pero no sé quién. No sé si soy yo o es mi generación completa pero es claro que la vida va cambiando y que decidir se vive como apuesta, sabemos que tiene que ser diferente, pero nadie nos enseñó a nadar contracorriente y entonces me vivo atrapada, atrapada entre los esquemas que he construído de conexión intensa, de saturación horaria, de sueños pendientes y de una inevitable prisa por vivir. 

¿A dónde voy caminando? ¿Valdrá la pena lo que he avanzado? 

Sigo sin saber dónde es casa, pero empiezo a creer que es allá donde uno ama. Mi casa está entre las montañas, saturada de personas que me enseñaron a querer a la distancia, en ella suenan risas y se comparten sueños, existen los espacios para rompernos. Mi casa tiene muchos nombres, muchos climas, muchas metas, mi casa tiene miradas que cambian la vida completa. 

Estoy perdida y creo que no tengo remedio, porque cada vez siento con más certeza, que el camino a casa es aceptar que la incertidumbre me acompaña, una incertidumbre que me recuerda que vendrán nuevos caminos, abrazaré nuevos sueños, viviré silencios más profundos y el corazón se llenará de enredos. Una incertidumbre que no tiene de otra más que escuchar al corazón, porque confía que cargará casa consigo, siempre que vaya poniendo por delante el amor. 

Camila Bernal