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Yo tenía 18 años y vivía en Puebla, Pue.,  trabajaba como maestra de Primaria con los hermanos de La Salle y  me sentía con todo el mundo por delante… y a la vez con un grande vacío por dentro. 

Nací como la primera hija  de una familia muy sencilla, unida, trabajadora  y creyente, crecí rodeada de cariño y de  lo mejor que pudieron darme mis padres y hermanos.

Hubo en mi encuentro vocacional una mediación importante: mis compañeras del colegio Esparza donde estudié la Normal.  Y  las  que trabajaban en el colegio América de Puebla, hablaban con entusiasmo de Huejutla, la nueva presencia Teresiana en esas lejanas tierras de la Huasteca hidalguense  y de su próxima salida como misioneras  acompañadas de las hermanas teresianas. 

Era el mes de mayo de 1964 y se organizó  el  primer grupo de alumnas que iba a Huejutla,  ¡ su ilusión era contagiosa!       Yo tuve que demostrar mucho interés  al escucharlas y  nació en mí el deseo de  vivir esa experiencia, entonces,  me invitaron a tramitar con las hermanas  el  unirme a ese grupo aventurero.

Dos cosas me sorprenden en este inicio con la vida teresiana, el que las hermanas – exigentes –  me hubieran aceptado a mí, que no fui  alumna teresiana.  Y 2º. Que mis papás me dieran permiso de salir sola, lejos y con personas desconocidas.  Fue la madre Victorina  Azparren la que me aceptó para ir con este grupo.

Los diez días que viví  en  Huejutla significaron para el vacío  de mi   corazón,  el poder  llenarlo   de un   gozo  enorme que cambió mi vida. Me encantó el espíritu teresiano de las Junioras que acompañaron nuestro paso por  Tuxpan, Ver., la alegría que se vivía  en  el entonces internado María Goretti, lo caluroso de la Huasteca, la acogida de las hermanas, la entrega generosa del P. Lona en su parroquia, todo esto, llenó el escenario de mi encuentro con Cristo pobre en los pobres del lugar.

 Lo vi   en los  hombres campesinos bañados en sudor, caminando hacia la milpa,  en las  mujeres discriminadas en la plaza y en la misma iglesia, niños de ojos vivos que correteaban por todos lados y que al encontrarse con los míos fueron un fuerte llamado a entregarle a Cristo mi vida, mis ilusiones y todo cuanto tenía  para poder servirle en estos hermanos que me mostraban su presencia viva.

Hubo también una llamada directa  a través del “Cuarto de hora” que todos los días  desde muy temprano  me sacudía, despertándome a vivir para Cristo pobre y con los pobres.

Las palabras de las  madres Ma. Josefa Juncosa, Josefina Valdés y Susana Albarrán eran fuertes, insistentes, radicales y   que  como una máquina trituradora  penetraron en mi corazón.

Después de los días en Huejutla,  hubo un tiempo de acompañamiento  vocacional que agradezco mucho. Me tocó vivir la fiesta  de los 75 años   de la fundación  del colegio de Puebla y seguir gozando del espíritu teresiano.  Entré a la Compañía el 7 de enero de 1966 en  el Noviciado de  Tlalpan, llamado “Huerta de las campanas” hoy 60 años despues  y  a mis 80 años de vida solo un GRACIAS  gigante brota de mi corazón.

Gracias a Dios porque ha sido grande su misericordia y su bondad, gracias a la Compañía que me ha acogido como madre y maestra, gracias a mis papás que compartieron  mi vivir teresiano con gran fe y amor, gracias también a todas mis hermanas teresianas que me siguen contagiando de su alegría  de vivir como consagradas para amar.

H. Carmen Hernández Velázquez, stj. 

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