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Enrique de Ossó nació el 1840 en un pequeño pueblo del sur de Catalunya, llamado Vinebre. Vivía con sus padres y dos hermanos, Jaime y Dolores. Su familia se dedicaba a trabajar en el campo; cultivaban vid, olivos, almendros y todo tipo de frutas. También hacían vino y aceite. El padre de Enrique se daba cuenta de que, aunque ellos vivían muy bien en el pueblo, el futuro estaba en la ciudad. Así que convenció a su  hijo mayor, Jaime, para que se fuera a Barcelona y se dedicara a tareas menos pesadas que cultivar la tierra. Sobre Enrique, soñaba con que fuera un exitoso comerciante. Así que lo envió a Reus a aprender el oficio. Para un niño, era duro separarse de la familia, y el echaba mucho de menos, sobre todo, a su madre. Además, aunque era muy joven, el niño ya se daba cuenta de que el comercio no era lo suyo. Unos días antes de cumplir catorce años, estando aún en Reus, a Enrique le llegó la comunicación de que debía ir a casa inmediatamente, ya que su madre estaba muy enferma. Llegó a tiempo de despedirse, pero su madre murió en septiembre de 1854.

El joven Enrique, adolescente, sin madre, con un padre que se mostraba inflexible en sus proyectos de futuro para el hijo menor, sintió que ya nadie le comprendía. De vuelta a Reus, empezó a tramar meticulosamente un plan para huir de aquella vida que de pronto le resultaba insoportable. Así que aprovechó una desgracia familiar en la casa Ortal, donde trabajaba, para escaparse. Inmediatamente, padre y hermanos empezaron a buscarlo, hasta que lo encontraron en Montserrat, a más de 100 kilómetros de Reus, donde había llegado a pie.

Lo de Montserrat fue un poco drástico, una locura de juventud, pero sirvió para que su padre entendiera que su hijo no iba a ser comerciante. El quería ser maestro… y sacerdote. Así que, a los pocos días, ya estaba en Tortosa, sede de la diócesis, estudiando en el seminario.

En el estudio, el contacto con los niños y jóvenes, y el trato con Jesús, encontró Enrique de Ossó su camino en la vida. A los 27 años, en octubre de 1867, fue ordenado sacerdote. Fue entonces cuando, uniendo su vida apostólica a su vocación para trabajar por los jóvenes, se hizo cargo de la catequesis de la ciudad de Tortosa.

Había otras cosas que estaban sucediendo en la vida del joven profesor de física del seminario, que esta era su ocupación diaria. Enrique se sentía solo a la hora de compartir su experiencia de fe. En la espiritualidad de su tiempo, de tipo normativo, no tenía cabida su forma de oración, de comunicarse con Dios. Aquellos que lo rodeaban no compartían su manera de entender la relación con Jesús. Así que empezó a leer lo que habían escrito otras personas en su situación. Entre ellos, Teresa de Jesús. Así empezó identificarse con lo que la santa del siglo XVI había vivido, y así empezó la historia de una amistad, que iba a durar de por vida.

A partir de 1872, Enrique se empezó a considerar a si mismo ‘teresiano’. Esto fue para él el origen de una época de actividad febril, donde no daba abasto a tantos proyectos que tenía entre manos. El joven sacerdote se convirtió en un emprendedor por el reino, en un activista de la justicia, de los intereses de Jesús. Sus proyectos se centraron en tres grandes ámbitos: medios de comunicación y publicaciones, asociaciones laicas y la Compañía de Santa Teresa. Todo con el sello del teresianismo que lo acompañó ya para siempre.

La Revista Teresiana, el best-seller Cuarto de hora de oración, el MTA (que entonces se llamaba Archicofradía Teresiana), la hermandad teresiana universal, la Compañía… todo fueron creaciones que seguían un plan que el se había trazado: transformar la sociedad, hacer un mundo mejor.

Enrique fue dibujando su ideal de persona basándose en las cualidades que el encontró en Teresa de Jesús: alegría, fortaleza, interioridad, autenticidad, capacidad de emprendimiento, valentía. Él soñó con un grupo de personas en el mundo, conectadas por una espiritualidad, luchando por la gran utopía de lograr una sociedad más acorde con los deseos de Jesús.