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¡Oh hermosura que excedéis a todas las hermosuras!

Santa Teresa de Jesús

¿Qué hace un jesuita teniéndole tal devoción y admiración a Santa Teresa de Jesús? ¿Acaso no es una santa pasada de moda y además una mujer del ya envejecido siglo XVI? ¿Qué te atrae tanto de ella? ¿su prosa? ¿su poesía? ¿sus escritos? ¿sus obras? ¿sus experiencias místicas? ¿su garbo? ¿su valor? ¿su audacia? ¿su carácter? ¿su historia? ¿sus fundaciones? ¿sus aventuras?… ¿qué…? Éstas y otras preguntas más me han hecho en varias ocasiones y debo admitir, que ninguna de ella se acerca a responder con nitidez el porqué de mi devoción a Teresa de Jesús. 

Pensándolo bien, creo que mi devoción a Teresa está enmarcada entre el final de capítulo 8 y el inicio del capítulo 9 del libro de su Vida. Dicho sea de paso, estos capítulos los he leído un sin número de veces, especialmente cuando paso momento de desolación, de duda o de miedo. Pues en estas líneas Teresa nos comparte que una buena parte de su vida pasó “un mar tempestuoso de casi veinte años con estas caídas y con levantarme mal, pues tornaba a caer”; nos dice que vivía una de las vidas más penosas que se pueden imaginar “porque ni gozaba de Dios ni traía contento en el mundo”. Padecía una guerra tan penosa, que no sabe cómo es que la pudo sufrir por tantos años ¡y ya siendo monja! Se vivía dividida, pues “cuando estaba en los contentos del mundo, en acordarme lo que debía a Dios era con pena; cuando estaba con Dios, las afecciones del mundo me desosegaban” ¿te suena familiar?

Veinte años en espera desesperada por el momento de su conversión. El protagonista de la historia de Teresa es el Señor Jesús, su misericordia y la paciencia que tuvo para con ella. Con estas palabras que me parten verdaderamente el corazón, Teresa nos narra que en esos tiempos “deseaba vivir -que bien entendía que no vivía, sino que peleaba con una sombra de muerte- y no había quien me diese vida, y no la podía tomar; y quien me la podía dar, tenía razón de no socorrerme, pues tantas veces me había tornado a Sí y yo le dejaba” ¿te ha pasado?

Y prosigue diciendo: “pues ya andaba mi alma cansada y, aunque quería, no la dejaban descansar las ruines costumbres que tenía”. Hasta que un día, llegado el momento le sucedió lo que a continuación nos narra “entrando en el oratorio, vi una imagen que habían traído allí a guardar (…) Era de Cristo muy llagado y tan devota que, al mirarla, toda me turbé de verle tal, porque representaba bien lo que pasó por nosotros. Fue tanto lo que sentí de lo mal que había agradecido aquellas llagas, que el corazón parece se me partía, y me arrojé a Él con grandísimo derramamiento de lágrimas, suplicándole me fortaleciese ya de una vez para no ofenderle”. Nos encontramos aquí ante un momento de gracia absoluta, el punto de inflexión en el largo camino de conversión de la apasionada Teresa. Su intensa sensibilidad fue prendada por la humanidad de Cristo. Su anhelante deseo quedó fecundado por la indecible hermosura del buen Jesús aquel que, por pura misericordia, tocaba las cuerdas de su afectividad y las afinaba para poder ser el único Amado de tan vehemente amante. Este será el inicio de un largo camino que durará hasta la eternidad. Estamos ante la experiencia fundante que haría de Teresa la gran mujer, activa, contemplativa, guerrera, perspicaz, sutil, inquieta, andariega y caminante que ahora conocemos; pues “el amor, cuando es crecido, no puede andar sin obrar”.

Si algún insistente consejo nos da la Santa es éste: “por males que haga, no deje la oración, pues es el medio por donde puede tornarse a remediar, y sin ella será muy más dificultoso”. No dejar la oración, no abandonar nuestros deseos y no desistir de “tratar de amistad, estando muchas veces a solas, con quien sabemos nos ama” hasta que, como la novia del Cantar de los Cantares podamos contemplar la belleza del Amado y decirle apasionadamente: 

¡Que me bese con los besos de su boca!

Mejor que el vino son tus amores

qué suave el olor de tus perfumes;

tu nombre es aroma penetrante,

por eso te aman las doncellas.

Llévame en pos de ti: ¡Corramos!

Méteme, rey mío, en tu alcoba.

disfrutemos juntos y gocemos,

alabemos tus amores más que el vino.

¡Con razón eres amado!

Ct. 1,1-4.

Recomiendo terminar escuchando: Teresa, vida en camino.

Música: Carmelitas Descalzas Asociación Ntra. Sra. De Luján Argentina

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Spotify:

En memoria de Teresa de Jesús, 

santa a quien, junto con Ignacio de Loyola, he encomendado mi vocación. 

Genaro AV

15 de octubre de 2021