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Íbamos de pueblo en pueblo, sin usar otro recurso más que nuestro propio cuerpo para cargar y caminar. Llevábamos cada una su propia carga, naturalmente el peso de la mochila aumentaba en la medida en que subíamos sobre la sierra hidalguense… 

Era difícil no resbalar en las empinadas veredas, donde el agua de la lluvia y los arroyos se abría camino entre las piedras… ¿Mi mayor miedo?… Caerme… Si una de nosotras caía, la que venía atrás podía caerse también, debido a la estrechez del camino…. ¿Recuerdan aquella escena del filme “La Misión” en la que Mendoza se resbala y cae hasta parar en un plano?… Así podía ser la caída de cualquiera de nosotras… En algunas rutas rara vez había un plano… 

El mochilazo fue un ir hacia Ti. Ahora entiendo por qué tu invitación es en plural: «Vengan a mí» y no «Ven a mí»… Y fuimos… El ir hacia Ti no es un ir solo, sola… sino un ‘ir’ acompañados, acompañadas…

Cuando finalmente llegábamos a la comunidad que nos recibía… sin reparo déjabamos caer las mochilas sobre el suelo… tomábamos agua y nos dejábamos acoger por los hermanos que ahí nos recibían. 

¿Por qué una experiencia así?, ¿Qué necesidad había de subir montes y terminar con los tenis (championes) llenos de lodo?… Es misterioso cómo el ser humano necesita de estos momentos para encontrarse con Aquél que es la fuente de todo ser, de una forma más tangible y radical. Teníamos la necesidad de ir a Ti, Amado Jesús, de tomar tu yugo sobre nosotras, la necesidad de aprender en los esperanzados rostros de nuestros hermanos y hermanas indígenas, de tu mansedumbre y tu humildad de corazón.

Y finalmente, entre tanta carga y confusión, encontramos descanso, porque descubrimos ¡Que era verdad!, ¡Que tu yugo es suave y tu carga ligera!, de lo contrario, no podría explicar de dónde salieron las fuerzas para -después de llegar- cambiarnos, visitar a los hermanos en sus casas, sentarnos a su mesa, jugar y reír con los niños, recibir un acompañamiento cálido de las hermanas y compartir juntos la alegría de tu Palabra que nos inunda de vida.

Por Sandra Fernández