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Uno pensaría que va únicamente de la mano con la religión; pero no, va mucho más allá de eso. Va desde mi cansancio, desde mi miedo a no ser suficiente, a no cumplir con las expectativas, a fallarle al de junto, a fallarme a mí misma, a quedarme sentada y no poder volver a levantarme, a tropezar y que el dolor sea mucho más fuerte que yo. 

Conforme los días pasaban, más cansada me sentía y las voces diciendo “no puedes, ríndete” de esos demonios, se iban haciendo más fuertes a cada paso que daba. Pero siempre hubo algo que me mantuvo de pie; mi compañera que bajaba solo para darme ánimo, mi amiga que se detenía junto mi en lo que descansaba, el señor que nos acompañaba en todo momento que me hacía reír para olvidar el cansancio, el aire que golpeaba mi rostro al momento de llegar a la cima o la gratificación que se sentía al escuchar a los niños reír y gritar al vernos llegar.

 Todo ese cansancio y voces valían la pena al recibir los abrazos de la gente de la comunidad y de mis compañeras; se sentían como un alivio, como si todo el peso de la mochila se convirtiera en ese algo que arrastrarías hasta el fin del mundo. Los demonios desaparecían.

Entendí que no tenía por qué cumplir las expectativas de nadie, que no pasaba nada si me quedaba hasta atrás, si me dejaba sentir y me permitía llorar, si no me juzgaba por sentirme cansada y mucho más importante, aprendí que nunca estoy sola, que Dios se manifiesta en esos niños, en esas compañeras, en la mochila pesada, en la roca que no puede subir, en esas acompañantes, en los abrazos, en las risas y que, a pesar de no poder verlo de manera explícita, siempre va de nuestra mano, como el amigo que es. Que hoy y siempre se tumbará junto a mí por el simple hecho de no dejarme sola, que subirá un cerro a mi lado así me detenga 20 veces y que me abrazará en los momentos más inesperados para silenciar a esos demonios que me detienen.

Por Ana Sofía San Martín Martínez

2021