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La vida tiene múltiples experiencias que se quedan grabas en todo nuestro ser, en todo lo que somos. Y cuando son recordadas vuelven a encender eso vivido, eso experimentado y padecido. 

El amor, la experiencia del amor, es de esas experiencias que más huella dejan en nosotros, que más recuerdo dejan en nuestro ser. El amor deja rastro en la persona que ama y que se siente amada. Sentir y saber que alguien ama te conmueve, mueve y transforma. ¿Alguna vez te han dicho que te quieren? Mejor aún ¿que te aman?

Si recuerdas esa experiencia seguramente tú te sientes como salido de ti mismo, no queda el recuerdo en una mera idea o en un bello constructor del pensamiento, más bien participa todo tu ser y se estremece de tal manera que revives esa experiencia como si fuera la primera vez. Y esa primera vez fue un momento único e inigualable. 

El amor, ese que es gratuito, sincero y libre nunca nos deja como nos encontró. Nos sacude, nos revoluciona. Pone nuestras energías al cien, nos desinstala, imprime un nuevo brillo en nuestras apuestas, vemos las cosas con nuevo rostro, con nuevo horizonte. Nada queda igual. 

El amor que se nos da nos deja como una herida, pero no de dolor, aunque se padece. Como que falta la respiración, pero a la vez da aliento. Como que pone límite, pero a la vez ensancha lo que estaba estrecho. Envuelve, pero da mayor libertad…Sólo el amor de sentido y valor a las cosas

Cuando sabes que eres amada o amado no lo sabes decir, no lo sabes contar, las palabras se quedan cortas. Salen de tu boca balbuceos que no saben decir lo que quieres, pero de muy dentro quieres cantar y contar la ventura de que alguien fijó sus ojos en ti. Imágenes, símbolos, comparaciones y rimas pretenden dan cuenta de lo vivido, de lo acaecido, de lo provocado ante el dulce conocimiento de saberse amado. 

Seguramente entiendes bien lo que te digo…también te ha pasado a ti…

Teresa era una enamorada, pero porque alguien se había enamorado de ella. Sí, no te espantes, ella fue un amante del Amor pero porque el Amor la amó primero. Antes que ella encontrara a Jesús, Él la había encontrado y la quería para sí… la sedujo y se dejó seducir.

Cuando la andariega monja supo que Jesús la amaba todo cambió, todo fue diferente. Amó porque se supo amada y el día que se dejó amar una huella imborrable quedó en todo su ser.

Ella misma narra, en su autobiografía, un momento especial de su vida en el que se sintió traspasada por un dardo, al tiempo que quedaba abrasada en amor grande de Jesús. El lenguaje le queda corto, sin embargo no deja de testificar el amor que se le confirma. Fue un momento en el que supo cuánto amaba al buen Amigo, un momento en el que el mismo Jesús le decía muy en el interior cuánto la amaba. Este hecho singular y gratuito es conocido como “transverberación”. 

Quizá la palabra suena elevada, quizá suena lejana, pero no es otra cosa más decir que el corazón quedo traspasado, atravesado, atrapado por un amor grande y mayor. Su corazón, como sede de todos los sentimientos y deseos, quedaba unido a ese Amor que la tocaba. Y fue toda ella tocada, pero especialmente sus deseos y sentimientos, por eso dice que fue en el corazón…

Se sintió profundamente amada, como sellando para siempre un compromiso de amor profundo. Tal experiencia la fortaleció para realizar sus obras en la iglesia e ir incendiando el mundo con el amor que había recibido. 

Ya no entenderá su vida sino a partir de esa experiencia de amor. Al sentirse y saberse amada por el buen Jesús descubre y entiende otra manera de ver la vida. De ahí nace la invitación de Teresa a descubrir que no está la cosa en pensar mucho, sino en amar mucho…

Como ella, ¡dejémonos abrasar por Aquel que nos ama con amor eterno!